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viernes, 14 de noviembre de 2014

El autor y los libros

La condesa de Noailles vendiendo algunas de sus obras literarias

Wenceslao Fernández Flórez (1885 - 1964), escritor y periodista español, ganador del Premio Nacional de Literatura en 1926, publicaba en la revista Blanco y Negro, número 1893, del 4 de septiembre 1927, un artículo donde expone sus observaciones y su opinión sobre el papel del autor en la venta de sus libros. 

Desde aquella  época, parece que los cambios han sido muy acelerados, en todos los aspectos…


EL AUTOR Y LOS LIBROS 

por W. Fernández- Flórez


El literato Maurice Renard

En este artículo, las fotografías que lo ilustran tienen carácter de prueba. Sin ellas, acaso una gran parte del público español no podría creer que en Francia—a la que se toma por modelo en tantas y tantas cuestiones—autores muy ilustres no tienen reparo en colocarse tras el mostrador de una librería para vender sus propios libros. Surge en seguida la pregunta: ¿Se podría realizar lo mismo en España?
Hace dos o tres años, un amigo, al regreso de su viaje a París, me contó que, habiéndose detenido ante el escaparate de una librería, en el que estaba expuesta la obra, recién aparecida, de un famoso literato, fué interpelado por el librero, que salió de su tienda para decirle cortésmente: —¿Le interesa a usted esa obra, señor?
El autor está en mi establecimiento y firmaría el ejemplar que usted comprase.
Mi amigo, más por curiosidad que por devoción al libro, aceptó el ofrecimiento. Entró. Un caballero, el autor, le saludó con una amable sonrisa, le preguntó su nombre, para escribirlo en una de las primeras páginas, y firmó debajo. Por este autógrafo visto ordeñar le cobraron al comprador tres francos de sobreprecio.
No creo que tales costumbres puedan ser imitadas nunca en nuestro país. Por mi parte, sería incapaz de situarme detrás del mostrador de un librero como una perdiz enjaulada para servir de reclamo. Me agrada que mis libros se vendan, pero nada hay que me ruborice más que presenciar la compra dé uno de ellos. En aquel instante nace en mi un sentimiento demasiado complejo para que pueda acertar a explicarlo: es una mezcla de gratitud y de piedad hacia el comprador. Querría que se llevase el libro sin tener que dar las cinco pesetas. Uno de mis editores, que era a la vez librero, estaba dominado por la manía—bien intencionada, pero azorante—de presentarme a su clientela. Cierta vez entró un grupo de muchachas, bajo la tutela de su señora de compañía, y adquirieron no sé cuál de mis novelas. Presentación. Cumplidos. Una de las señoritas sacó un duro. Tuve la misma sensación molesta que si me hubiese pagado un paquete de cigarrillos.
—No cobre usted—rogué a mi editor.
—Sí, sí—insistió la señorita.
—No, no—gruñí.
—En fin, acepto este ejemplar, pero pagaré el de otra novela...
—También se lo regalo.
Lucha de cortesías. Terminé regalando una colección a cada persona del grupo, incluso a la señora de compañía, a pesar de que aseguró que no sabía lo que podía hacer con tanto libro. Mi editor, que era verdaderamente el único que salía perdiendo, luchaba entre el deseo de expulsarme y el ansia de echarse a llorar. Desde aquel día, cuando entraba un comprador me empujaba para la trastienda.
Yo creo que a todos los autores españoles les sucede algo parecido. Nadie en el mundo, en ningún orden de actividades, se preocupa menos que ellos de sus intereses. Si alguna prueba incontestable puede ofrecerse, es lo ocurrido en el reciente Congreso del Libro, donde no se ha oído la voz de ningún novelista, ni de los que venden poco, ni de los que cuentan por docenas de miles los ejemplares a los que dan salida cada año.
El Congreso del Libro fué un diálogo entre editores y libreros acerca de asuntos que sólo a ellos interesaban.
No hubo un solo autor que apareciese para defender sus derechos, bien necesitados de protección.

La viuda de Catulle Mendes

Pero aunque en España se decidiesen los autores a imitar a sus colegas de Francia, no encontrarían muchos libreros que fuesen, como el que abordó a mi amigo, a la caza del transeúnte. Salvo unas cuantas excepciones—no sólo referidas a Madrid, porque también en provincias hay algunos libreros competentísimos—, el vendedor de libros en España es un hombre que desconoce su mercancía, que no la sabe trabajar, que cree que una novela tiene, como un periódico, un breve plazo de actualidad para la venta, y no repite un cedido sino cuando el cliente se lo ha hecho ya en firme. Del librero español es la principal culpa de que nuestras ediciones sean minúsculas. Después—ya lo he dicho en otras ocasiones, pero nunca se repetirá suficientemente—, la máxima responsabilidad corresponde a la timidez con que anuncia y propaga los libros el editor. Esto nadie lo ha expresado mejor que Azorín, en aquel diálogo en que un editor confiesa a un amigo, a vuelta de grandes precauciones y para probarle su estimación, un grande, un profundo secreto: el de que acaba de hacer imprimir una obra literaria.

W. Fernández-Florez.
(FOTOS MARIN)
Revista Blanco y Negro, Madrid, 4 de Septiempre 1927

sábado, 18 de octubre de 2014

LA VUELTA AL MUNDO: Los primeros días de navegación


Por VICENTE BLASCO IBAÑEZ
"La vuelta al mundo de un novelista" -Vol. I, 1924/1925

LOS PRIMEROS DÍAS DE NAVEGACIÓN

La American Express, sociedad de Nueva York que dirige este viaje, ha montado en la penúltima cubierta una oficina que ocupa varios salones. En este centro hay un banco, con mostrador de caoba, rejas de bronce y cajas de valores, graciosa reducción de los grandes establecimientos terrestres de igual género. El telégrafo inalámbrico te trae todas las mañanas la cotización de las diversas monedas, para que los viajeros puedan cambiar su dinero. Además admite cheques sobre todas las plazas del mundo, abre créditos, guarda depósitos, realiza cobros por medio del telégrafo en el otro lado de la tierra, cumple cuantos encargos financieros se le quieran confiar.


Mapa de 1891 con las principales líneas telegráficas internacionales

Oficial radiotelegrafista del Carguero Asie, 1922
Sala de radio con los telégrafos inalámbricos 







Hay un director del viaje, hombre instruidísimo que guarda en su memoria todas las vías de comunicación existentes en el planeta, con sus innumerables enlaces y combinaciones, y percibe por sus trabajos 12.000 dólares al año, una remuneración superior al sueldo de muchos jefes de gobierno en Europa.
Tiene a sus órdenes un Estado Mayor de veinticuatro funcionarios, retribuidos también con largueza. Unos son antiguos profesores de Universidad, especialistas en materias geográficas y lenguas orientales, que darán conferencias durante el viaje; otros, simples hombres de acción, exploradores que vivieron en las regiones menos conocidas de la China y la India, norteamericanos enérgicos e instruidos que para descansar de sus andanzas se han alistado en esta expedición sin riesgos. Ellos servirán de guías a los pequeños grupos de viajeros que abandonando el buque se lancen a través de las naciones asiáticas.

Lo primero que se nota al ir conociendo las gentes que ocupan el Franconia es la preponderancia numérica de las mujeres sobre los hombres. Esto no es extraordinario, pues en los Estados Unidos todo lo que significa vulgarización literaria, cultivo de las artes o simple curiosidad intelectual, ve acudir inmediatamente un público compuesto en su mayor parte de elemento femenino. Además, la mujer norteamericana, intrépida y ansiosa de saber, disfruta en su vida de familia de una completa independencia

1924, La moda de la época (Jean Patou y sus modelos en Nueva York)


Años 20, en la Universidad de Chicago
Miss America, 1923

Vienen en el buque muchas esposas y muchas solteras que viajan solas. Los maridos o los padres continúan en los Estados Unidos, prisioneros de sus negocios comerciales o de sus profesiones científicas. Los compañeros de viaje son generalmente ingenieros o banqueros en ciudades del interior, sesudos varones que, después de esforzarse para conseguir una fortuna, creen llegado el momento de descansar por unos meses, dando la vuelta a la tierra.

En un crucero, 1922

Pasajeros de un crucero, años 20

Dos elegantes señoras de los años 20
. Scott, Scottie y Zelda Fitzgerald - 1924 -  En uno de sus múltiples cruceros

Greta Garbo y su mentor, el director sueco Mauritz Stiller, en la cubierta del trasatlántico Drottningholm - 1925

Cruzo mi saludo con algunos viejos de aire modesto y tímido, mediocremente vestidos. Los creo tenderos de alguna pequeña ciudad perdida en los vastísimos estados del centro de la gran República. Luego, en el curso de nuestro periplo, leyendo los periódicos que mencionan a todas las personas notables de la expedición, me entero de que estos pobres señores son presidentes de compañías eléctricas célebres en la tierra entera, de grandes ferrocarriles, de empresas metalúrgicas, en una palabra, hombres que cuentan su fortuna por millones de dólares y al traducirla en cifras necesitan emplear dos unidades y a veces tres.

1923, Sala para fumar en S.S. Leviathan
1923, La sala de lectura en  S.S. Leviathan

1923, Salón de té en S.S. Leviathan


En otro buque y con otras gentes hubiese sido imposible vivir varios meses sin rivalidades, disputas y murmuraciones agresivas. La monótona existencia en las soledades del océano acaba por despertar y excitar lo peor que llevamos en nosotros. Por eso, en las antiguas navegaciones, lo primero que hacía el maestre de la nave al darse ésta a la vela, era recoger las espadas de los viajeros. Además, las ofensas recibidas durante la navegación, así como los desafíos concertados, se consideraban sin valor alguno al saltar a tierra. En el Franconia han transcurrido semanas y meses sin que se alterase una sola vez la afectuosidad sincera, la llaneza sonriente de tantas señoras y señoritas, y de tantos hombres de negocios, ingenuos y entusiastas como niños grandes.

Junto a la piscina, en un crucero, años 20-30

En un crucero, en los años 20
A bordo de SS Normandie, años 20

Una suite en SS Leviathan ,  1923
Casi todos los pasajeros proceden de los Estados Unidos. Sólo figuran en esta expedición tres viajeras inglesas y dos de lengua española. Éstas son una distinguida dama de América del Sur y su doncella, que hace años la sigue a todas partes y es de un pueblo cerca de Burgos. Casilda -así se llama la española-ha visto mucho en Europa, y al contar sus impresiones del viejo mundo, las resume en las tres visitas que hizo al Vaticano acompañando a su señora chilena.
- Yo he conocido tres Papas -dice con orgullo.



Ahora va a conocer algo más, la redondez del planeta, y se mueve en el buque con curiosidad, con cierta desconfianza, pero sin miedo. Sólo se había embarcado en un vaporcito suizo del lago Lemán. La primera vez que ha puesto sus plantas en unas tablas movidas por el océano, ha sido simplemente para dar la vuelta entera a nuestro planeta, y continúa tal viaje sin mostrar grandes asombros.

A mí no me extraña esta serenidad, pues recuerdo el origen de los héroes del descubrimiento y la conquista de América. Muchos de ellos salieron de pueblos de Castilla y de Extremadura, donde las gentes sólo de oídas conocen la misteriosa existencia del mar.


Cocina del R.M.S. Franconia, 1923




Otro español va a bordo del Franconia, un joven cocinero, llamado Antonio, valenciano, que trabaja desde los años de la guerra en los buques de la Compañía Cunard. Me hace saber su existencia bautizando todos los días con títulos de mis novelas algunos de los platos que figuran en la extensa lista. Él mismo va por las mañanas a la imprenta del buque para que los tipógrafos ingleses no desfiguren con disparates ortográficos las palabras españolas. En el curso del viaje mi mesa atrae las miradas admirativas de los vecinos por los adornos que figuran en su centro. Este valenciano de gorro blanco es escultor por instinto, y trabaja, valiéndose de un hierro candente, los bloques de hielo que con tanta abundancia produce la máquina especial del Franconia. Esculpe cisnes que parecen de cristal de roca, fortalezas de altos torreones, grandes canastillas de artística labor, y después de llenar con frutas y flores la cavidad de sus obras de hielo, las coloca en mi mesa, siendo su frescura inapreciable regalo cuando navegamos en los trópicos o atravesamos la línea ecuatorial.




Comedor, Clase primera del R.M.S.Franconia

Durante los primeros días forman grupos los pasajeros caprichosamente, y estos grupos, una vez consolidados, entablan relaciones amistosas, como los pueblos cuando se sienten atraídos por una simpatía sentimental. Las diversiones comunes del buque -bailes, cinematógrafo y conferencias-facilitan la aproximación.

Baile en un crucero, años 20

Nadie se levanta tarde en el Franconia. Los más de sus ocupantes son aficionados a los deportes y recibieron en la escuela una educación activa y vigorosa. Al salir el sol se rejuvenece el barco todas las mañanas. Los pasajeros más madrugadores encuentran ya húmedo y reluciente el suelo de sus diversas cubiertas. El mar parece que sonríe y balbucea como un niño. El cielo y el océano tienen la pueril alegría de la aurora. Es el momento de los ejercicios gimnásticos para fomentar la agilidad corporal, de las abluciones y nataciones que mantienen la limpieza higiénica de la piel. 

1929, foto de George Hoyningene-Huene, bañadores Lelong

Schiaparelli , Moda 1929
A dicha hora el pasaje parece componerse únicamente de hombres. Si se entreabren las batas de baño sólo se ven pantalones, en los corredores y en el ascensor. Todas las mujeres llevan pijamas masculinos. 

Las más jóvenes menosprecian la inmersión en los lujosos cuartos de baño y bajan a la piscina, en lo más profundo del buque, para hacer un alarde elegante de sus habilidades natatorias.

Moda para la playa, 1925, foto: Edward Steichen

Hombres y mujeres se entregan al deporte acuático con tranquila camaradería, sin que nadie parezca acordarse de que existe en el mundo una dualidad de sexos. Las muchachas norteamericanas, grandes, esbeltas, largas de piernas, con una hermosura gimnástica, llevan por toda vestimenta un traje de baño cortísimo -lo necesario nada más para cubrir la parte media de su cuerpo-y una especie de tirantes que se unen sobre sus hombros. Sólo piensan en suprimir estorbos para moverse con más soltura. No se les ocurre que esta ligereza de ropas pueda excitar la atención de los varones que nadan en la misma piscina; y si lo piensan, se lo callan.


Moda de bañadores, años 20



A los hombres, aparentemente, no parece interesarles de manera extraordinaria unas desnudeces a cuya vista están acostumbrados. Me acuerdo de la avidez óptica que altera con frecuencia la tranquilidad varonil en los pueblos llamados latinos. Basta que una pierna femenina muestre algunos centímetros más de lo legislado por la moda, para que los pescuezos de muchos hombres se estiren, ansiando ver tan extraordinario espectáculo de más cerca, y para que sus ojos se revuelvan en las órbitas, inquietos y saltones.

Las Frinés nadadoras se despojan aquí tranquilamente de su manto blanco, quedando sin otro tapujo que la mancha azulo negra de punto de seda que cubre la sección abdominal de su desnudez; y sin embargo, el respetable areópago masculino sentado en las orillas marmóreas de la piscina no se altera ni concentra sus miradas en la seductora aparición. El interés es únicamente para la que nada mejor, y un estrépito de alegres chapuzones, llamamientos y risas sube desde el fondo del buque a las últimas cubiertas.




Piscina. años 20


Al salir de Nueva York cruzamos un mar poblado de buques. Muchos de ellos son «petroleros» y llevan su chimenea, su máquina y sus camarotes en la popa, para dejar libre todo el resto del casco a los grandes aljibes llenos del peligroso líquido que transportan. Un día después, el mar está menos frecuentado. Ha ido esparciéndose en el infinito la aglomeración naval que se forma cerca de Nueva York. El agua es más azul; el sol más radiante. Se ve que vamos hacia el trópico.

Saliendo de Nueva York, años 30

Puesta de Sol en Seybaplaya, México

Al llegar el ocaso, hora de las visiones caprichosas y mágicas, el sol, que se mantiene muy alto, lejos de la línea del mar, parece una naranja gigantesca inmovilizada en el vacío, contra todas las leyes de la gravitación. Su color pasa del oro amarillo al oro ensangrentado. Se ensombrece por abajo, va palideciendo, sin descender para ocultarse, como otras veces, detrás del mar. Se debilita poco a poco y acaba por extinguirse, siempre inmóvil en lo alto. Es una nubecilla redonda y roja… Luego, nada. Estando en la capital de México presencié muchas veces esta puesta de sol fenomenal, en la que el astro se extingue en pleno cielo, sin descender a la línea del horizonte, sin ocultarse detrás del mar o las montañas.


Cambia el tiempo; el mar empieza a agitarse durante la noche, y al día siguiente el horizonte es gris y las olas oscuras. Se nota la proximidad del canal de Bahama. El Atlántico se inquieta y se encrespa al sentirse oprimido entre la costa de los Estados Unidos y la cadena de las islas bahámicas, tierras avanzadas de las Antillas.


Nave durante una tormenta en el mar (Fotoplatforma)





Sopla un viento fuerte que levanta polvo líquido de las crestas de las olas. Todas ellas, al avanzar hacia el buque en líneas interminables, llevan sobre su filo un penacho de humo blanquísimo que el viento estira hacia atrás. La luz intermitente del sol, surgiendo de pronto entre las nubes, atraviesa este polvo acuático y lo descompone, matizando su blancura con los colores del iris.Cuando languidece la tarde, el Franconia, a pesar de su triple quilla y todas las precauciones de sus constructores para defenderle de los embates del mar, se mueve de un modo extraordinario.
Otra vez se ha cubierto el cielo de oscuros nubarrones, pero el sol antes de huir los perfora, lanzando a través de ellos un chorro de oro color de limón, que corta la atmósfera como la manga de luz de un aparato cinematográfico. Luego, rompiendo con su peso la bolsa de nubes que le aprisiona, cae en la línea del horizonte, y al tocarla se estira lo mismo que si el océano lo sometiese a una enorme succión. Ya no es redondo, se prolonga por abajo y parece un aerostato de seda escarlata. Repentinamente se apaga, y la noche cae sobre nosotros de un modo fulminante, como si estallase cubriendo el mundo con una explosión de sombras.


Tormenta-foto Mark Royo

Todos los pasajeros están acostumbrados a los viajes por mar, y la agitación del canal de Bahama no perturba la vida ordinaria del buque. Lo mismo que en las noches anteriores, la popa está cubierta con una tienda de lienzo rayado y grupos de banderas para que la gente baile. Las más de las parejas han danzado mucho en las travesías de América a Europa, más rudas y tempestuosas.


Maratón  de danza, Playa Venice, California, c.1924
Los profesores contratados por la American Express dan sus conferencias en el gran salón, con proyecciones cinematográficas, describiendo la vida y costumbres de los primeros puertos que vamos a visitar: La Habana y Panamá. Grupos de esbeltas muchachas, abandonando momentáneamente el baile, se divierten en marchar por las cubiertas superiores, contra el furioso viento que arremolina sus vestidos, dándoles una remota semejanza con la descabezada Victoria de Samotracia. De vez en cuando una ola más impetuosa choca con el muro férreo del buque por su parte de proa, lo escala, asoma sobre la barandilla una cabellera de espumas fosforescente en la noche y esparce al sacudirla rociadas de sal líquida. Las jóvenes chillan, ríen y saltan sobre los regueros que esta aspersión del océano hace correr sobre el suelo.

Elegancia en un crucero, años 20

A la mañana siguiente, el mar tiene en su color y en su ambiente algo que puede llamarse paradisíaco. Marcha el buque a gran velocidad, alcanzando y dejando atrás a otros vapores menos rápidos, y sin embargo parece inmóvil.
Una costa se extiende paralelamente al Franconia. Vemos una línea amarilla de arena y detrás otra línea verde oscura, formada de bosques. Los pueblecitos son blancos y con un campanario, como los de Andalucía.
Navegamos ante la Florida, antigua tierra española. Aquí está la ciudad de San Agustín, la más antigua de los Estados Unidos, fundada por el conquistador Menéndez de Avilés. Aquí vino mucho antes Ponce de León, desde su gobierno de Puerto Rico, en busca de la «Fuente de la Juventud» -eterna esperanza de los hombres-, para que diese nueva savia a su cuerpo, quebrantado por enfermedades y heridas. Aquí trabajaron, lucharon y murieron centenares y centenares de españoles, por implantar la civilización cristiana, un siglo antes de que los primeros ingleses desembarcasen en lo que son hoy los Estados Unidos.

Hotel Ponce de Leon, San Agustín, Florida
Voy descubriendo edificios altísimos que a tal distancia me parecen fábricas. Al examinarlos con unos anteojos potentes me convenzo de que son hoteles con jardines de palmeras y cocoteros: los famosísimos hoteles de la Florida, los más caros y elegantes de la tierra, que albergan durante el invierno a los archimillonarios de Nueva York y Chicago.
El mar toma el tono verde de las aguas poco profundas. Según avanzamos, se va poblando de isletas redondas como escudos y ribeteadas de cocoteros. Son los cayos.

El faro en el océano, de Cayo Hueso
Playa de Florida, años 20
Sobre algunas tierras a flor de agua, que no pueden verse de lejos, se alzan andamiajes, semejantes por su estructura a la Torre Eiffel, aunque de más modestas proporciones y con las cúspides ocupadas por faros.
Algo revolotea de pronto ante mis ojos: una mariposa de colores, roja, negra y dorada. Ha volado hasta el buque desde la hermosa tierra que desarrolla ante nosotros su lomo sinuoso y verde, con altos ramilletes de árboles.
Un perfume primaveral se desliza a través de la respiración salada del Atlántico. Es el aliento que nos envía, junto con sus pintados insectos, una costa que por algo recibió su florido nombre.
Nos sorprende la noche ocupados en la contemplación de esta península avanzada de los Estados Unidos. Al amanecer el día siguiente, nuestra curiosidad inquieta de viajeros y la lentitud con que avanza el buque, después de tres días y medio de marcha veloz, nos empujan a todos a las últimas cubiertas.


1925, Habana, Cuba
Vemos una costa, pero ahora es por la proa; y en ella casas, jardines, edificios industriales, las avanzadas de una ciudad importante~ Graciosos veleros, dedicados al cabotaje, se deslizan entre nosotros y la orilla, cortando con sus lonas blancas la penumbra azulada del amanecer.
Al aumentar la luz vamos encontrando con los ojos la boca de un puerto, arboladuras de buques sobre sus aguas interiores, una colina junto a su entrada, y en la cumbre de ella un viejo castillo.
El sol que acaba de nacer asoma su disco de oro tierno por detrás de una torre, que lo corta, durante algunos segundos, como una barra de tinta.

Este castillo se llama El Morro, y el puerto que tenemos enfrente es La Habana.


1922, Castillo del Morro, Cuba


Texto: 
LA VUELTA AL MUNDO DE UN NOVELISTA (Vol. I) - Vicente Blasco Ibáñez,
Editado por EDITORIAL PROMETEO en 1924/1925.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Estampas de GUERRA



Hace 100 años, en Europa, había un guerra, una verdadera masacre humana que se llamó La Gran Guerra y unas décadas más tarde, recibió el nombre de La Primera Guerra Mundial.
Sobre este tema se ha escrito mucho, se ha olvidado mucho y se han inventado muchos "cuentos" y películas.
Por motivos muy personales, debo recordar este evento en mi modesto blog y lo haré del modo más objetivo que pueda. 
En el post de hoy reproduciré algunas imágenes publicadas en las revistas de la época , entre agosto y octubre del 1914.

La guardia cívica de Bruselas desfilando por la capital para dirigirse  a Amberes, al anunciarse la llegada de las tropas  alemanas.

Entrada en Ostende de la tropas del Ejército inglés que, formando parte de las fuerzas aliadas, han luchado con los alemanes en Bélgica.

Un barco alemán portaminas, antes de zarpar de Heligoland

El acorazado alemán “Goeben” , que habiéndose refugiado en los Dardanelos al estallar la guerra, ha pasado a poder de Turquía, cuya escuadra habrá de reforzar

Dotación completa de un crucero acorazado alemán con arreglo al último programa naval (970 hombres). La fotografía está tomada a bordo del “Moltke”

Francia: Sección de ametralladoras de un batallón alpino

Uno de los grandes cañones del ejército británico en el frente francés, que tan enorme estragos producen


Aeroplano militar inglés dotado de ametralladora Lewis, ensayado con gran éxito en las recientes maniobras de Bisley, y que será empleado por el ejército británico en sus operaciones contra los alemanes

… un artillero belga haciendo uso de la telefonía de campaña que tan excelentes servicios está prestando

Soldados de caballería del ejército inglés comiendo durante uno de sus viajes en ferrocarril hacia la frontera franco-alemana.

Soldados belgas enseñando al pueblo los primeros trofeos conquistados en los combates de Lieja

Después de un combate. Soldados belgas recogiendo los cadáveres, mientras que los vecinos ven arder sus hogares incendiados por las tropas invasoras

Una familia de mineros de Charleroi huyendo de las tropas germánicas hacia las defensas protectoras de Amberes

Campesinos de los alrededores de Malinas dirigiéndose en triste éxodo a la ciudad de Amberes, último baluarte de la defensa belga

Paris. Las mujeres de los empleados de los tranvías sustituyendo en el servicio a sus esposos, que han ingresado en el Ejército con motivo de la guerra

La  policía  de Berlín fijando en los sitios públicos edictos para que se presenten en sus cuarteles respectivos los reservistas alemanes

Hijos de soldados  reservistas alemanes que habiendo quedado sin familia que cuide de ellos al marchar sus padres a la guerra, han sido acogidos en hoteles y casas particulares

Valencia. Españoles residentes en Francia, que habiendo quedado sin trabajo por efecto de la guerra, regresan a España. Uno de los frecuentes desembarcos que se efectúan en el puerto de Valencia


Irún. Los Exploradores de Irún sirviendo raciones a los españoles procedentes de Francia que regresan sin recursos

 ...... y mientras tanto, mientras que en la guerra se destruyen algunos países y ciudades, muchas familias y vidas, sin un motivo claro, como en todas las guerras...y mientras que otros países, ciudades, familias e individuos se enriquecen con el motivo de la guerra, como siempre ha sucedido y sucederá....

....la MODA sigue, porque es La MODA.










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