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sábado, 18 de octubre de 2014

LA VUELTA AL MUNDO: Los primeros días de navegación


Por VICENTE BLASCO IBAÑEZ
"La vuelta al mundo de un novelista" -Vol. I, 1924/1925

LOS PRIMEROS DÍAS DE NAVEGACIÓN

La American Express, sociedad de Nueva York que dirige este viaje, ha montado en la penúltima cubierta una oficina que ocupa varios salones. En este centro hay un banco, con mostrador de caoba, rejas de bronce y cajas de valores, graciosa reducción de los grandes establecimientos terrestres de igual género. El telégrafo inalámbrico te trae todas las mañanas la cotización de las diversas monedas, para que los viajeros puedan cambiar su dinero. Además admite cheques sobre todas las plazas del mundo, abre créditos, guarda depósitos, realiza cobros por medio del telégrafo en el otro lado de la tierra, cumple cuantos encargos financieros se le quieran confiar.


Mapa de 1891 con las principales líneas telegráficas internacionales

Oficial radiotelegrafista del Carguero Asie, 1922
Sala de radio con los telégrafos inalámbricos 







Hay un director del viaje, hombre instruidísimo que guarda en su memoria todas las vías de comunicación existentes en el planeta, con sus innumerables enlaces y combinaciones, y percibe por sus trabajos 12.000 dólares al año, una remuneración superior al sueldo de muchos jefes de gobierno en Europa.
Tiene a sus órdenes un Estado Mayor de veinticuatro funcionarios, retribuidos también con largueza. Unos son antiguos profesores de Universidad, especialistas en materias geográficas y lenguas orientales, que darán conferencias durante el viaje; otros, simples hombres de acción, exploradores que vivieron en las regiones menos conocidas de la China y la India, norteamericanos enérgicos e instruidos que para descansar de sus andanzas se han alistado en esta expedición sin riesgos. Ellos servirán de guías a los pequeños grupos de viajeros que abandonando el buque se lancen a través de las naciones asiáticas.

Lo primero que se nota al ir conociendo las gentes que ocupan el Franconia es la preponderancia numérica de las mujeres sobre los hombres. Esto no es extraordinario, pues en los Estados Unidos todo lo que significa vulgarización literaria, cultivo de las artes o simple curiosidad intelectual, ve acudir inmediatamente un público compuesto en su mayor parte de elemento femenino. Además, la mujer norteamericana, intrépida y ansiosa de saber, disfruta en su vida de familia de una completa independencia

1924, La moda de la época (Jean Patou y sus modelos en Nueva York)


Años 20, en la Universidad de Chicago
Miss America, 1923

Vienen en el buque muchas esposas y muchas solteras que viajan solas. Los maridos o los padres continúan en los Estados Unidos, prisioneros de sus negocios comerciales o de sus profesiones científicas. Los compañeros de viaje son generalmente ingenieros o banqueros en ciudades del interior, sesudos varones que, después de esforzarse para conseguir una fortuna, creen llegado el momento de descansar por unos meses, dando la vuelta a la tierra.

En un crucero, 1922

Pasajeros de un crucero, años 20

Dos elegantes señoras de los años 20
. Scott, Scottie y Zelda Fitzgerald - 1924 -  En uno de sus múltiples cruceros

Greta Garbo y su mentor, el director sueco Mauritz Stiller, en la cubierta del trasatlántico Drottningholm - 1925

Cruzo mi saludo con algunos viejos de aire modesto y tímido, mediocremente vestidos. Los creo tenderos de alguna pequeña ciudad perdida en los vastísimos estados del centro de la gran República. Luego, en el curso de nuestro periplo, leyendo los periódicos que mencionan a todas las personas notables de la expedición, me entero de que estos pobres señores son presidentes de compañías eléctricas célebres en la tierra entera, de grandes ferrocarriles, de empresas metalúrgicas, en una palabra, hombres que cuentan su fortuna por millones de dólares y al traducirla en cifras necesitan emplear dos unidades y a veces tres.

1923, Sala para fumar en S.S. Leviathan
1923, La sala de lectura en  S.S. Leviathan

1923, Salón de té en S.S. Leviathan


En otro buque y con otras gentes hubiese sido imposible vivir varios meses sin rivalidades, disputas y murmuraciones agresivas. La monótona existencia en las soledades del océano acaba por despertar y excitar lo peor que llevamos en nosotros. Por eso, en las antiguas navegaciones, lo primero que hacía el maestre de la nave al darse ésta a la vela, era recoger las espadas de los viajeros. Además, las ofensas recibidas durante la navegación, así como los desafíos concertados, se consideraban sin valor alguno al saltar a tierra. En el Franconia han transcurrido semanas y meses sin que se alterase una sola vez la afectuosidad sincera, la llaneza sonriente de tantas señoras y señoritas, y de tantos hombres de negocios, ingenuos y entusiastas como niños grandes.

Junto a la piscina, en un crucero, años 20-30

En un crucero, en los años 20
A bordo de SS Normandie, años 20

Una suite en SS Leviathan ,  1923
Casi todos los pasajeros proceden de los Estados Unidos. Sólo figuran en esta expedición tres viajeras inglesas y dos de lengua española. Éstas son una distinguida dama de América del Sur y su doncella, que hace años la sigue a todas partes y es de un pueblo cerca de Burgos. Casilda -así se llama la española-ha visto mucho en Europa, y al contar sus impresiones del viejo mundo, las resume en las tres visitas que hizo al Vaticano acompañando a su señora chilena.
- Yo he conocido tres Papas -dice con orgullo.



Ahora va a conocer algo más, la redondez del planeta, y se mueve en el buque con curiosidad, con cierta desconfianza, pero sin miedo. Sólo se había embarcado en un vaporcito suizo del lago Lemán. La primera vez que ha puesto sus plantas en unas tablas movidas por el océano, ha sido simplemente para dar la vuelta entera a nuestro planeta, y continúa tal viaje sin mostrar grandes asombros.

A mí no me extraña esta serenidad, pues recuerdo el origen de los héroes del descubrimiento y la conquista de América. Muchos de ellos salieron de pueblos de Castilla y de Extremadura, donde las gentes sólo de oídas conocen la misteriosa existencia del mar.


Cocina del R.M.S. Franconia, 1923




Otro español va a bordo del Franconia, un joven cocinero, llamado Antonio, valenciano, que trabaja desde los años de la guerra en los buques de la Compañía Cunard. Me hace saber su existencia bautizando todos los días con títulos de mis novelas algunos de los platos que figuran en la extensa lista. Él mismo va por las mañanas a la imprenta del buque para que los tipógrafos ingleses no desfiguren con disparates ortográficos las palabras españolas. En el curso del viaje mi mesa atrae las miradas admirativas de los vecinos por los adornos que figuran en su centro. Este valenciano de gorro blanco es escultor por instinto, y trabaja, valiéndose de un hierro candente, los bloques de hielo que con tanta abundancia produce la máquina especial del Franconia. Esculpe cisnes que parecen de cristal de roca, fortalezas de altos torreones, grandes canastillas de artística labor, y después de llenar con frutas y flores la cavidad de sus obras de hielo, las coloca en mi mesa, siendo su frescura inapreciable regalo cuando navegamos en los trópicos o atravesamos la línea ecuatorial.




Comedor, Clase primera del R.M.S.Franconia

Durante los primeros días forman grupos los pasajeros caprichosamente, y estos grupos, una vez consolidados, entablan relaciones amistosas, como los pueblos cuando se sienten atraídos por una simpatía sentimental. Las diversiones comunes del buque -bailes, cinematógrafo y conferencias-facilitan la aproximación.

Baile en un crucero, años 20

Nadie se levanta tarde en el Franconia. Los más de sus ocupantes son aficionados a los deportes y recibieron en la escuela una educación activa y vigorosa. Al salir el sol se rejuvenece el barco todas las mañanas. Los pasajeros más madrugadores encuentran ya húmedo y reluciente el suelo de sus diversas cubiertas. El mar parece que sonríe y balbucea como un niño. El cielo y el océano tienen la pueril alegría de la aurora. Es el momento de los ejercicios gimnásticos para fomentar la agilidad corporal, de las abluciones y nataciones que mantienen la limpieza higiénica de la piel. 

1929, foto de George Hoyningene-Huene, bañadores Lelong

Schiaparelli , Moda 1929
A dicha hora el pasaje parece componerse únicamente de hombres. Si se entreabren las batas de baño sólo se ven pantalones, en los corredores y en el ascensor. Todas las mujeres llevan pijamas masculinos. 

Las más jóvenes menosprecian la inmersión en los lujosos cuartos de baño y bajan a la piscina, en lo más profundo del buque, para hacer un alarde elegante de sus habilidades natatorias.

Moda para la playa, 1925, foto: Edward Steichen

Hombres y mujeres se entregan al deporte acuático con tranquila camaradería, sin que nadie parezca acordarse de que existe en el mundo una dualidad de sexos. Las muchachas norteamericanas, grandes, esbeltas, largas de piernas, con una hermosura gimnástica, llevan por toda vestimenta un traje de baño cortísimo -lo necesario nada más para cubrir la parte media de su cuerpo-y una especie de tirantes que se unen sobre sus hombros. Sólo piensan en suprimir estorbos para moverse con más soltura. No se les ocurre que esta ligereza de ropas pueda excitar la atención de los varones que nadan en la misma piscina; y si lo piensan, se lo callan.


Moda de bañadores, años 20



A los hombres, aparentemente, no parece interesarles de manera extraordinaria unas desnudeces a cuya vista están acostumbrados. Me acuerdo de la avidez óptica que altera con frecuencia la tranquilidad varonil en los pueblos llamados latinos. Basta que una pierna femenina muestre algunos centímetros más de lo legislado por la moda, para que los pescuezos de muchos hombres se estiren, ansiando ver tan extraordinario espectáculo de más cerca, y para que sus ojos se revuelvan en las órbitas, inquietos y saltones.

Las Frinés nadadoras se despojan aquí tranquilamente de su manto blanco, quedando sin otro tapujo que la mancha azulo negra de punto de seda que cubre la sección abdominal de su desnudez; y sin embargo, el respetable areópago masculino sentado en las orillas marmóreas de la piscina no se altera ni concentra sus miradas en la seductora aparición. El interés es únicamente para la que nada mejor, y un estrépito de alegres chapuzones, llamamientos y risas sube desde el fondo del buque a las últimas cubiertas.




Piscina. años 20


Al salir de Nueva York cruzamos un mar poblado de buques. Muchos de ellos son «petroleros» y llevan su chimenea, su máquina y sus camarotes en la popa, para dejar libre todo el resto del casco a los grandes aljibes llenos del peligroso líquido que transportan. Un día después, el mar está menos frecuentado. Ha ido esparciéndose en el infinito la aglomeración naval que se forma cerca de Nueva York. El agua es más azul; el sol más radiante. Se ve que vamos hacia el trópico.

Saliendo de Nueva York, años 30

Puesta de Sol en Seybaplaya, México

Al llegar el ocaso, hora de las visiones caprichosas y mágicas, el sol, que se mantiene muy alto, lejos de la línea del mar, parece una naranja gigantesca inmovilizada en el vacío, contra todas las leyes de la gravitación. Su color pasa del oro amarillo al oro ensangrentado. Se ensombrece por abajo, va palideciendo, sin descender para ocultarse, como otras veces, detrás del mar. Se debilita poco a poco y acaba por extinguirse, siempre inmóvil en lo alto. Es una nubecilla redonda y roja… Luego, nada. Estando en la capital de México presencié muchas veces esta puesta de sol fenomenal, en la que el astro se extingue en pleno cielo, sin descender a la línea del horizonte, sin ocultarse detrás del mar o las montañas.


Cambia el tiempo; el mar empieza a agitarse durante la noche, y al día siguiente el horizonte es gris y las olas oscuras. Se nota la proximidad del canal de Bahama. El Atlántico se inquieta y se encrespa al sentirse oprimido entre la costa de los Estados Unidos y la cadena de las islas bahámicas, tierras avanzadas de las Antillas.


Nave durante una tormenta en el mar (Fotoplatforma)





Sopla un viento fuerte que levanta polvo líquido de las crestas de las olas. Todas ellas, al avanzar hacia el buque en líneas interminables, llevan sobre su filo un penacho de humo blanquísimo que el viento estira hacia atrás. La luz intermitente del sol, surgiendo de pronto entre las nubes, atraviesa este polvo acuático y lo descompone, matizando su blancura con los colores del iris.Cuando languidece la tarde, el Franconia, a pesar de su triple quilla y todas las precauciones de sus constructores para defenderle de los embates del mar, se mueve de un modo extraordinario.
Otra vez se ha cubierto el cielo de oscuros nubarrones, pero el sol antes de huir los perfora, lanzando a través de ellos un chorro de oro color de limón, que corta la atmósfera como la manga de luz de un aparato cinematográfico. Luego, rompiendo con su peso la bolsa de nubes que le aprisiona, cae en la línea del horizonte, y al tocarla se estira lo mismo que si el océano lo sometiese a una enorme succión. Ya no es redondo, se prolonga por abajo y parece un aerostato de seda escarlata. Repentinamente se apaga, y la noche cae sobre nosotros de un modo fulminante, como si estallase cubriendo el mundo con una explosión de sombras.


Tormenta-foto Mark Royo

Todos los pasajeros están acostumbrados a los viajes por mar, y la agitación del canal de Bahama no perturba la vida ordinaria del buque. Lo mismo que en las noches anteriores, la popa está cubierta con una tienda de lienzo rayado y grupos de banderas para que la gente baile. Las más de las parejas han danzado mucho en las travesías de América a Europa, más rudas y tempestuosas.


Maratón  de danza, Playa Venice, California, c.1924
Los profesores contratados por la American Express dan sus conferencias en el gran salón, con proyecciones cinematográficas, describiendo la vida y costumbres de los primeros puertos que vamos a visitar: La Habana y Panamá. Grupos de esbeltas muchachas, abandonando momentáneamente el baile, se divierten en marchar por las cubiertas superiores, contra el furioso viento que arremolina sus vestidos, dándoles una remota semejanza con la descabezada Victoria de Samotracia. De vez en cuando una ola más impetuosa choca con el muro férreo del buque por su parte de proa, lo escala, asoma sobre la barandilla una cabellera de espumas fosforescente en la noche y esparce al sacudirla rociadas de sal líquida. Las jóvenes chillan, ríen y saltan sobre los regueros que esta aspersión del océano hace correr sobre el suelo.

Elegancia en un crucero, años 20

A la mañana siguiente, el mar tiene en su color y en su ambiente algo que puede llamarse paradisíaco. Marcha el buque a gran velocidad, alcanzando y dejando atrás a otros vapores menos rápidos, y sin embargo parece inmóvil.
Una costa se extiende paralelamente al Franconia. Vemos una línea amarilla de arena y detrás otra línea verde oscura, formada de bosques. Los pueblecitos son blancos y con un campanario, como los de Andalucía.
Navegamos ante la Florida, antigua tierra española. Aquí está la ciudad de San Agustín, la más antigua de los Estados Unidos, fundada por el conquistador Menéndez de Avilés. Aquí vino mucho antes Ponce de León, desde su gobierno de Puerto Rico, en busca de la «Fuente de la Juventud» -eterna esperanza de los hombres-, para que diese nueva savia a su cuerpo, quebrantado por enfermedades y heridas. Aquí trabajaron, lucharon y murieron centenares y centenares de españoles, por implantar la civilización cristiana, un siglo antes de que los primeros ingleses desembarcasen en lo que son hoy los Estados Unidos.

Hotel Ponce de Leon, San Agustín, Florida
Voy descubriendo edificios altísimos que a tal distancia me parecen fábricas. Al examinarlos con unos anteojos potentes me convenzo de que son hoteles con jardines de palmeras y cocoteros: los famosísimos hoteles de la Florida, los más caros y elegantes de la tierra, que albergan durante el invierno a los archimillonarios de Nueva York y Chicago.
El mar toma el tono verde de las aguas poco profundas. Según avanzamos, se va poblando de isletas redondas como escudos y ribeteadas de cocoteros. Son los cayos.

El faro en el océano, de Cayo Hueso
Playa de Florida, años 20
Sobre algunas tierras a flor de agua, que no pueden verse de lejos, se alzan andamiajes, semejantes por su estructura a la Torre Eiffel, aunque de más modestas proporciones y con las cúspides ocupadas por faros.
Algo revolotea de pronto ante mis ojos: una mariposa de colores, roja, negra y dorada. Ha volado hasta el buque desde la hermosa tierra que desarrolla ante nosotros su lomo sinuoso y verde, con altos ramilletes de árboles.
Un perfume primaveral se desliza a través de la respiración salada del Atlántico. Es el aliento que nos envía, junto con sus pintados insectos, una costa que por algo recibió su florido nombre.
Nos sorprende la noche ocupados en la contemplación de esta península avanzada de los Estados Unidos. Al amanecer el día siguiente, nuestra curiosidad inquieta de viajeros y la lentitud con que avanza el buque, después de tres días y medio de marcha veloz, nos empujan a todos a las últimas cubiertas.


1925, Habana, Cuba
Vemos una costa, pero ahora es por la proa; y en ella casas, jardines, edificios industriales, las avanzadas de una ciudad importante~ Graciosos veleros, dedicados al cabotaje, se deslizan entre nosotros y la orilla, cortando con sus lonas blancas la penumbra azulada del amanecer.
Al aumentar la luz vamos encontrando con los ojos la boca de un puerto, arboladuras de buques sobre sus aguas interiores, una colina junto a su entrada, y en la cumbre de ella un viejo castillo.
El sol que acaba de nacer asoma su disco de oro tierno por detrás de una torre, que lo corta, durante algunos segundos, como una barra de tinta.

Este castillo se llama El Morro, y el puerto que tenemos enfrente es La Habana.


1922, Castillo del Morro, Cuba


Texto: 
LA VUELTA AL MUNDO DE UN NOVELISTA (Vol. I) - Vicente Blasco Ibáñez,
Editado por EDITORIAL PROMETEO en 1924/1925.

2 comentarios:

  1. Fabulosa serie de entradas la que le estás dedicando a la vuelta al mundo de Blasco Ibáñez.
    Estoy leyéndome las anteriores.
    Me está encantando. Nada que decir del estilo de Vicente, de muy agradable lectura y con descripciones muy entretenidas. Y divertidas; le sorprende que, comparándo las escenas con España, nadie se ponga "nervioso" ante una mujer en bañador.

    La seleccion fotográfica con la que adornas impecablemente los textos es perfecta. Y lleva mucho trabajo. Gracias por tomarte ese tiempo para que otros lo disfrutemos.

    La verdad, estoy gozando como un enano las entradas del viaje.

    Abrazos, Marga!!

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    Respuestas
    1. Me alegra muchísimo que gusten estas entradas y las disfrutas.
      Me tomo algún tiempo para ilustrar aquel viaje (a mi manera...) porque también lo disfruto mucho y me gusta compartirlo. Además, es una vieja “deuda” que tengo con Vicente por todo lo que fui aprendiendo de su obra y todavía me falta por aprender… Seguiré poco a poco con la vuelta al mundo y además, adicionaré algunas otras entradas relacionadas con mi escritor favorito.
      Mil abrazos!!!

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