Menu

martes, 18 de noviembre de 2014

LA VUELTA AL MUNDO: La isla del azúcar

 La Habana. Antiguo Palacio Velasco Sarrá en 1935

LA ISLA DEL AZÚCAR

Por VICENTE BLASCO IBAÑEZ
"La vuelta al mundo de un novelista" -Vol. I, 1924/1925

En mi niñez, cuando la isla de Cuba era aún tierra española, no podía oír hablar de La Habana sin que me agitase un sentimiento contradictorio de admiración y de terror.

Era para mí el país del azúcar una ciudad encantada, como las de los cuentos infantiles, donde las casas debían ser de caramelo y no había más que agacharse para comer tierra cristalina y dulce. Además, todos volvían de allá trayendo onzas de oro y hablaban de negritos como los que había yo visto danzar, desnudos y graciosos, en las funciones de teatro. Pero la entrada de este paraíso era estrechísima y la guardaban terribles monstruos, siendo el más carnicero de todos el llamado vómito negro. Muchas veces escuché la noticia de haber muerto en la isla lejana, hermosa y mortífera, personas a las que conocí fuertes y animosas en el momento de partir. 




Capitolio Nacional de Cuba - años 30's
Ahora hace años que desapareció para siempre lo que me infundía enorme terror al pensar en Cuba. En cambio subsiste, cada vez más amplificada por el progreso, la riqueza de la isla que tanto admiré en mis infantiles fantasías.
Los norteamericanos, al ocuparla por algún tiempo, se dedicaron al exterminio del mosquito propagador de la fiebre mortal y al saneamiento de las tierras encharcadas. Luego, los médicos extranjeros y los del país, igualmente notables, han acabado por suprimir las antiguas enfermedades que tan insegura hacían la vida de los viajeros antes de su aclimatación. Hoy, la más grande de las Antillas es país de salubridad regular y constante, y La Habana una de las ciudades más higiénicas de la tierra.
Su prosperidad económica ha ido desarrollándose en proporciones enormes, como su higiene pública. La producción actual de azúcar y tabaco casi dobla la de pasados tiempos. Su riqueza ha resultado algunas veces excesiva y perniciosa, dando origen a reacciones de pobreza, como en otros países jóvenes, de vertiginoso crecimiento.


LA VUELTA AL MUNDO DE UN NOVELISTA
Habana.- El insigne novelista, D. Vicente Blasco Ibáñez, con un grupo de la Comisión de profesores
y periodistas cubanos que subió al vapor “Franconía” para darle la bienvenida
(Revista Nuevo Mundo, 24 de enero 1924)

Habana en los años 20

Mercado de Tacón, La Habana, Cuba,1910

1904, Plantación de caña de azúcar en Cuba



 Una familia negra cubana, en 1907 

Si fuese preciso dar un sobrenombre a la capital de Cuba, como los ostentan pueblos y héroes en los poemas homéricos, se la podría llamar Habana la Alegre. Es una ciudad que sonríe al que llega, sin que pueda decirse con certeza dónde está su sonrisa.

Puerto de La Habana, 1910

El litoral del puerto en 1900


Carnaval en Cuba, años 20

Publicidad de la época

Guarda cierto aspecto andaluz de antigua urbe colonial, construida con arreglo al patrón enviado de Madrid por el Consejo de Indias. La influencia poderosa de la vecina República de los Estados Unidos, las comodidades de su civilización material, no han modificado aún su fisonomía añorada y tranquila de país con tradiciones de raza y un pasado histórico.


Calle O'Reilly, Habana, 1920s

Calle Obispo, Habana, 1910

Calle Tacon, Habana, 1910


Calle Zanja 1920

Los nuevos monumentos en honor de sus héroes que adornan plazas y paseos resultan desiguales artísticamente: unos son dignos de respeto, otros lamentables, como obras de confitería tierna.

Habana, 1900-1920






Los parques recién trazados y los nuevos barrios del ensanche de la ciudad resultan magníficos, y parecen recordar los sucesivos chaparrones de abrumadora riqueza que han caído sobre este país en los últimos treinta años.



Habana, Prado, 1910

Paseo del Prado, Habana, Cuba

Central Park en La Havana de los años 20

Taxis y autos particulares frente al Parque Central alrededor de 1919. Habana - Cuba

Mujeres en la Habana, años 20




La alegría de La Habana, más que en sus paseos, en sus edificaciones y en el movimiento animado de sus calles, hay que buscarla en el carácter de las gentes; en la franqueza de los cubanos, que algunas veces parece excesiva a los extranjeros; en la belleza de sus mujeres, interesantemente pálidas y con enormes ojos.




He estado dos veces en La Habana por breve tiempo, y en ambas visitas, más que la hermosura de la ciudad atrajeron mi atención dos manifestaciones características de su vida pública que no tienen nada semejante en ningún otro país.
Los periódicos de La Habana y los casinos de La Habana son algo excepcional.


Café en La Habana, hacia 1900

Hotel Continental - Guantanamo, Cuba, 1910

Playa de Marianao, años 20-30

Interior Diario  CUBA y su maquinaria rotativa
Finales siglo XIX
Un día entero necesité para ir visitando las redacciones de los diarios más importantes, y no pude verlas todas. Unas ocupan enormes casas coloniales que son casi palacios; otras, edificios propios de reciente construcción. Tienen talleres vastísimos y máquinas de múltiple funcionamiento, como los primeros diarios de Nueva York. No existe una diferencia considerable entre los periódicos más célebres de los Estados Unidos y los de la capital de Cuba. Además se publican numerosos magazines y revistas especiales… Y como la población de la isla no llega a tres millones de seres, se pregunta uno dónde están los lectores necesarios para esta prensa, digna por su número, su calidad y su fuerza, de un país de veinticinco o treinta millones de habitantes.

Las asociaciones de La Habana pueden competir por su lujo con los clubs más célebres de la tierra. El comercio, compuesto casi en su totalidad de españoles, considera obra patriótica la continuación y desenvolvimiento de sus casinos, anteriores a la independencia del país.

Gran Casino, Havana, Cuba, 1921 (Foto:Villas)

Casino en La Habana de los años 20

La Habana, Cuba, Havana Yacht Club y Casino Español, años 20-30

Ya están olvidadas las antiguas luchas entre peninsulares y cubanos. Ahora, unos y otros sienten igual interés por la prosperidad de la isla. Además, los hijos de los españoles son cubanos, y dentro de las antiguas sociedades se van confundiendo todos, sin diferencias de origen.




Negocio Asturiano en la Habana, años 20-30


1910, niñas tocando mandolina en uno de los salones del Centro Asturiano


A las organizaciones españolas pertenecen los edificios más grandes y ostentosos de la ciudad. El Círculo de Dependientes de Comercio tiene 40.000 socios, residentes en La Habana. No creo que en Europa ni en los Estados Unidos exista un club tan numeroso.





Centro Asturiano, Habana 

Casino Español de la Habana




El Círculo Gallego es un palacio que guarda en su interior uno de los teatros más grandes de la ciudad. El Casino Español, resumen de las aspiraciones de las diversas sociedades hispánicas con título provincial, posee un salón de mármoles diversos traídos de España y de estucos policromos, que parece el salón del trono en un palacio real.




Todas estas sociedades, uniendo lo útil a lo ostentoso, mantienen en los alrededores de La Habana hospitales y sanatorios, instalados con tanta largueza y tales innovaciones, que de muchas partes vienen a estudiarlos como modelos.





Se nota en La Habana, a las pocas horas de vivir en ella, que es ciudad abundante en dinero. Pero otras ciudades revelan igualmente riqueza y no tienen el aspecto atrayente y simpático de ésta. Es que Habana la Alegre además de tener dinero lo gasta con una tranquilidad y un descuido rayanos en el derroche. Sus teatros son numerosos y están siempre llenos. Sus café y sus bailes nunca carecen de público. Aquí fue donde Caruso y otros cantantes, pagados de un modo inverosímil, obtuvieron sus más altas remuneraciones. En la Opera de La Habana ha llegado a costar una butaca cien pesos oro por noche. Tan irritante pareció a algunos este despilfarro, que protestaron de él bárbaramente, arrojando una bomba en plena función.


Enrico Caruso en su gira por América 

Gran Casino, Habana, Cuba, 1921

Gran Casino, Habana, Cuba in 1921 (Foto:Villas)

El Dorado,  café y restaurante en Habana, Cuba, años 20-30

La Habana, Cuba, Baile en el Havana Yacht Club ,1925

En los escaparates de sus tiendas se ven las telas más caras y ricas. Las mujeres visten con un lujo en apariencia sencillo, para no salirse de las reglas del buen gusto, pero en realidad costosísimo.


Elegancia en Cuba, años 20-30

Tienda de telas y ropa La Habana alrededor de 1900


Zona comercial Prado y Neptuno, Habana en 1914

Mercado de Tacón, Habana


Esquina de una calle comercial, Habana, Cuba, 1904 (foto: Empresa editorial de Detroit)

Fuera de La Habana, en los nuevos barrios, son cada vez más numerosos los palacetes particulares. La antigua arquitectura española, con el aditamento de las comodidades de la vida norteamericana, es generalmente la de tales edificios. La jardinería del trópico da una nota de originalidad a estas construcciones, que recuerdan a la vez los patios de Sevilla y los palacios de madera de Long Island.

Mansión el El Vedado. hacia 1910


Residencia cubana

Para el ciudadano de los Estados Unidos descontento silenciosamente de ciertas leyes de su país, La Habana ofrece un atractivo especial. Es una ciudad a las puertas de su patria, donde no impera el llamado «régimen seco». Le basta tomar un buque en Cayo Hueso, al extremo de la Florida, para vivir horas después en la capital de Cuba, donde hay un bar en cada calle. Aquí no sufre retardos en la satisfacción de sus deseos, ni tiene que absorber bebidas contrahechas ofrecidas en secreto. La embriaguez puede ser franca, libre y continua. Pero como es tierra de dinero abundante, derramado con mano pródiga, los hoteles resultan carísimos, así como los otros gastos de viaje, y sólo los ricos pueden pasar el canal de la Florida para venir a emborracharse bajo la bandera cubana.


Bar en la Habana, años 20

Me veo recibido cariñosamente en esta amada ciudad de habla española. El Municipio me ha declarado su huésped, comisionando al escritor Rafael Cante, antiguo amigo mío, para que me dirija y me guarde durante el tiempo que permanezca en La Habana. Simpáticos periodistas de incansable y sonriente preguntar, jóvenes escritores que revelan su talento en las curiosidades literarias y las paradojas de su conversación, me acompañan en mis visitas a las redacciones de los diarios y en los dos banquetes amistosos y sin ceremonia con que soy obsequiado, a mediodía y por la noche.
Presencio la belleza del crepúsculo tropical en una lujosa «villa» de las afueras, donde vive con su esposa el joven conde del Rivero, hijo del célebre fundador de El Diario de la Marina.


Publicada en La Ilustración Artística, Barcelona, 24 de febrero de 1896

Como el Ayuntamiento ha reservado para mí las mejores habitaciones del Hotel Sevilla -el más caro de la ciudad-, mi amigo Cante se esfuerza por convencerme de que debo quedarme en ellas, volviendo al buque en las primeras horas de la mañana siguiente. Sería mal interpretado que prescindiese yo de usar dichas habitaciones después de haber sido declarado «huésped de honor».
A la una de la madrugada discutimos frente al hotel si debo o no dormir en tierra. Siento un dolor insistente en una pierna, cierta torpeza muscular que hace cada vez más pesados sus movimientos. La necesidad de un pronto descanso me impulsa a admitir las objeciones de mi amigo, pero cuando entro en el hotel para acostarme, tropiezo con un compañero del Franconia.


 Hotel Sevilla-Biltmore, Habana, Cuba, 1924

Es un joven norteamericano, de buenas maneras, un bailarín incansable, que sale del dancing del hotel. En el buque se muestra sobrio; pero aquí, por seguir la rutina de muchos de sus compatriotas y para convencerse de que verdaderamente está en un país libre, se ha embriagado de un modo lastimoso. Me abraza como si viese a un hermano, intenta besarme, enternecido por el encuentro, y me dice que nosotros dos somos los únicos del Franconía que estamos en tierra. Todos los otros se fueron a media noche. El buque zarpará al amanecer, y no a las diez de la mañana como se había anunciado.
Corremos al puerto, solitario y silencioso a esta hora avanzada, y el amigo Conte consigue que una lancha del gobierno nos lleve hasta el Franconía, que tiene apagadas la mayor parte de sus luces y parece dormido… Si ocupo mi cama de honor en el hotel, termina mi viaje alrededor del mundo en la primera escala.


Puerto en Cuba, enero 1923


 Malecon, Cuba, 1925

Cuando al día siguiente despierto, en mi camarote, el buque está navegando hace ya varias horas. Las costas de Cuba se han esfumado en el horizonte. Nos rodea el hermoso mar de las Antillas, en el cual logra descender la luz a grandes profundidades, dando una claridad dorada a las aguas azules.


Habana, Malecon, 1900-1920

Los viajeros, después de haber pasado un día en tierra, parecen encontrar nuevos atractivos a la vida marítima. En la última cubierta juegan grupos de señoritas vestidas de blanco y raqueta en mano, interrumpiendo con risotadas los incidentes de su deporte. Otras empujan discos de madera con una pala, a través de rectángulos trazados con tiza en el suelo. Más allá arrojan anillas de cuerda para que se introduzcan en un espigón, o pelotas enormes que deben entrar por una manga de red. El suelo se estremece con los galopes de esta juventud de faldas cortas con menudos pliegues, perseguida por otra juventud que usa camisa de cuello abierto y pantalones de franela.

Suzane Lenglen, campeona en Wimbledon entre 1919-1925 

Las señoras hablan del próximo baile de máscaras, el primero de la travesía, que va a ser entre La Habana y Panamá. Cada una guarda el secreto de los disfraces ocultos en sus maletas.
Antes de empezar nuestro viaje, los expertos que lo dirigen, para evitar errores y olvidos, nos han dado una lista de lo que debemos llevar con nosotros, y en ella figuran como artículos indispensables un traje de baño para la gran piscina y varios disfraces para los bailes de máscaras. Esto último es tan importante como dos pares de gafas negras de recambio para los países ardientes que vamos a visitar. Con dos disfraces hay bastante por el momento. Al llegar a los países del Extremo Oriente todos comprarán vestimentas japonesas, chinas e indostánicas, y los últimos bailes van a ser los más ostentosos y originales.
Entre estas gentes simpáticas, de trato llano, propensas a la risa, y que no necesitan para alegrarse de grandes complicaciones, las hay dispuestas a disfrazarse a todas horas para regocijo de sus compañeros. 

1921, El Bal Masque anual en Cleveland, Ohio, el Kokoon Club
(En los años 20, el baile de máscaras o bal masqué, era  una forma de entretenimiento muy común.)




El día antes de la llegada a Cuba ha sido domingo. En las ciudades de los Estados Unidos el domingo es el día en que se venden más periódicos. Los grandes diarios publican ediciones extraordinarias, de ochenta o cien páginas, con novelas completas y resúmenes de todas las materias que pueden interesar a cada lector. Desde el amanecer, los vendedores vocean en las calles la enorme edición dominical.



También en el primer domingo, a bordo del Franconía, una voz ronca empieza a gritar por los corredores los títulos de varias publicaciones célebres de Nueva York, como si estuviésemos aún en la metrópoli americana. Las gentes se asoman en traje de dormir a las puertas de sus camarotes. El vendedor callejero es un gentleman casi de dos metros de estatura, un millonario procedente de los Estados del Sur, al que llaman todos «coronel» por tener este grado en la milicia cívica de su ciudad.
Se ha disfrazado de pilluelo y ofrece gravemente periódicos viejos a todos los que se asoman a las puertas. Los más celebran con una risa, que puede llamarse americana por lo espontánea y pronta, esta excentricidad del personaje. Uno de sus compatriotas permanece serio, y le mira con extrañeza, no pudiendo comprender tal conducta.
- Si no se ríe usted un poco, voy a llorar de pena -dice el falso vendedor de periódicos.
Y tan cómico resulta el gesto con que el hombretón inicia su llanto infantil, que el otro se ve obligado a reír corno los demás.
Yo no podré presenciar el primer baile de máscaras del Franconia. En varios días no veré otra cosa que las paredes de mi camarote.
A las pocas horas de alejarnos de La Habana he quedado clavado en mi lecho por una parálisis de la pierna izquierda. El médico de a bordo declara que es una ciática, tal vez a consecuencia de la atmósfera húmeda del mar. Luego pensamos los dos que bien puede ser por una imprudencia en el aireamiento de mi habitación.



El Franconia no tiene ventiladores a uso antiguo, con hélices de molesto y tenaz abejorreo. Cada camarote posee dos pequeñas esferas de bronce, metidas en alveolos del mismo metal. Estos ojos dorados, cuando tienen el agujero de su negra pupila hacia adentro e invisible, permanecen inactivos. Pero basta volverlos, para que de ambos orificios surja una manga silenciosa y fría que cambia el ambiente del camarote con sus pequeños huracanes. Durante el anclaje en los puertos, los mosquitos de agua muerta que se introducen por los ventanos se ven obligados a retroceder, volviéndose con rabiosos zumbidos por donde vinieron. Los dos chorros mudos los voltean con su ímpetu, lo mismo que un aeroplano pillado por una tormenta, y les hacen huir finalmente al otro lado de la pared del buque.



He pasado una noche entera con ambos ventiladores enfilados hacia mi cama. La proximidad del calor de Cuba me hizo emplear este refrescamiento imprudente. Mientras dormía, las dos mangas de helado viento, que hacen funciones de mosquitero, cayeron horas y horas sobre el lugar de mi cuerpo donde ahora siento el llamado nudo ciático.
- Tiene usted para algunos días -dice el médico inglés, moviendo la cabeza-o Habrá que emplear los rayos violeta… No intente moverse.

¡Bien empieza el viaje alrededor del mundo!




(Continuará...)

Texto:
LA VUELTA AL MUNDO DE UN NOVELISTA (Vol. I) - Vicente Blasco Ibáñez,

Editado por EDITORIAL PROMETEO en 1924/1925.

viernes, 14 de noviembre de 2014

El autor y los libros

La condesa de Noailles vendiendo algunas de sus obras literarias

Wenceslao Fernández Flórez (1885 - 1964), escritor y periodista español, ganador del Premio Nacional de Literatura en 1926, publicaba en la revista Blanco y Negro, número 1893, del 4 de septiembre 1927, un artículo donde expone sus observaciones y su opinión sobre el papel del autor en la venta de sus libros. 

Desde aquella  época, parece que los cambios han sido muy acelerados, en todos los aspectos…


EL AUTOR Y LOS LIBROS 

por W. Fernández- Flórez


El literato Maurice Renard

En este artículo, las fotografías que lo ilustran tienen carácter de prueba. Sin ellas, acaso una gran parte del público español no podría creer que en Francia—a la que se toma por modelo en tantas y tantas cuestiones—autores muy ilustres no tienen reparo en colocarse tras el mostrador de una librería para vender sus propios libros. Surge en seguida la pregunta: ¿Se podría realizar lo mismo en España?
Hace dos o tres años, un amigo, al regreso de su viaje a París, me contó que, habiéndose detenido ante el escaparate de una librería, en el que estaba expuesta la obra, recién aparecida, de un famoso literato, fué interpelado por el librero, que salió de su tienda para decirle cortésmente: —¿Le interesa a usted esa obra, señor?
El autor está en mi establecimiento y firmaría el ejemplar que usted comprase.
Mi amigo, más por curiosidad que por devoción al libro, aceptó el ofrecimiento. Entró. Un caballero, el autor, le saludó con una amable sonrisa, le preguntó su nombre, para escribirlo en una de las primeras páginas, y firmó debajo. Por este autógrafo visto ordeñar le cobraron al comprador tres francos de sobreprecio.
No creo que tales costumbres puedan ser imitadas nunca en nuestro país. Por mi parte, sería incapaz de situarme detrás del mostrador de un librero como una perdiz enjaulada para servir de reclamo. Me agrada que mis libros se vendan, pero nada hay que me ruborice más que presenciar la compra dé uno de ellos. En aquel instante nace en mi un sentimiento demasiado complejo para que pueda acertar a explicarlo: es una mezcla de gratitud y de piedad hacia el comprador. Querría que se llevase el libro sin tener que dar las cinco pesetas. Uno de mis editores, que era a la vez librero, estaba dominado por la manía—bien intencionada, pero azorante—de presentarme a su clientela. Cierta vez entró un grupo de muchachas, bajo la tutela de su señora de compañía, y adquirieron no sé cuál de mis novelas. Presentación. Cumplidos. Una de las señoritas sacó un duro. Tuve la misma sensación molesta que si me hubiese pagado un paquete de cigarrillos.
—No cobre usted—rogué a mi editor.
—Sí, sí—insistió la señorita.
—No, no—gruñí.
—En fin, acepto este ejemplar, pero pagaré el de otra novela...
—También se lo regalo.
Lucha de cortesías. Terminé regalando una colección a cada persona del grupo, incluso a la señora de compañía, a pesar de que aseguró que no sabía lo que podía hacer con tanto libro. Mi editor, que era verdaderamente el único que salía perdiendo, luchaba entre el deseo de expulsarme y el ansia de echarse a llorar. Desde aquel día, cuando entraba un comprador me empujaba para la trastienda.
Yo creo que a todos los autores españoles les sucede algo parecido. Nadie en el mundo, en ningún orden de actividades, se preocupa menos que ellos de sus intereses. Si alguna prueba incontestable puede ofrecerse, es lo ocurrido en el reciente Congreso del Libro, donde no se ha oído la voz de ningún novelista, ni de los que venden poco, ni de los que cuentan por docenas de miles los ejemplares a los que dan salida cada año.
El Congreso del Libro fué un diálogo entre editores y libreros acerca de asuntos que sólo a ellos interesaban.
No hubo un solo autor que apareciese para defender sus derechos, bien necesitados de protección.

La viuda de Catulle Mendes

Pero aunque en España se decidiesen los autores a imitar a sus colegas de Francia, no encontrarían muchos libreros que fuesen, como el que abordó a mi amigo, a la caza del transeúnte. Salvo unas cuantas excepciones—no sólo referidas a Madrid, porque también en provincias hay algunos libreros competentísimos—, el vendedor de libros en España es un hombre que desconoce su mercancía, que no la sabe trabajar, que cree que una novela tiene, como un periódico, un breve plazo de actualidad para la venta, y no repite un cedido sino cuando el cliente se lo ha hecho ya en firme. Del librero español es la principal culpa de que nuestras ediciones sean minúsculas. Después—ya lo he dicho en otras ocasiones, pero nunca se repetirá suficientemente—, la máxima responsabilidad corresponde a la timidez con que anuncia y propaga los libros el editor. Esto nadie lo ha expresado mejor que Azorín, en aquel diálogo en que un editor confiesa a un amigo, a vuelta de grandes precauciones y para probarle su estimación, un grande, un profundo secreto: el de que acaba de hacer imprimir una obra literaria.

W. Fernández-Florez.
(FOTOS MARIN)
Revista Blanco y Negro, Madrid, 4 de Septiempre 1927

sábado, 18 de octubre de 2014

LA VUELTA AL MUNDO: Los primeros días de navegación


Por VICENTE BLASCO IBAÑEZ
"La vuelta al mundo de un novelista" -Vol. I, 1924/1925

LOS PRIMEROS DÍAS DE NAVEGACIÓN

La American Express, sociedad de Nueva York que dirige este viaje, ha montado en la penúltima cubierta una oficina que ocupa varios salones. En este centro hay un banco, con mostrador de caoba, rejas de bronce y cajas de valores, graciosa reducción de los grandes establecimientos terrestres de igual género. El telégrafo inalámbrico te trae todas las mañanas la cotización de las diversas monedas, para que los viajeros puedan cambiar su dinero. Además admite cheques sobre todas las plazas del mundo, abre créditos, guarda depósitos, realiza cobros por medio del telégrafo en el otro lado de la tierra, cumple cuantos encargos financieros se le quieran confiar.


Mapa de 1891 con las principales líneas telegráficas internacionales

Oficial radiotelegrafista del Carguero Asie, 1922
Sala de radio con los telégrafos inalámbricos 







Hay un director del viaje, hombre instruidísimo que guarda en su memoria todas las vías de comunicación existentes en el planeta, con sus innumerables enlaces y combinaciones, y percibe por sus trabajos 12.000 dólares al año, una remuneración superior al sueldo de muchos jefes de gobierno en Europa.
Tiene a sus órdenes un Estado Mayor de veinticuatro funcionarios, retribuidos también con largueza. Unos son antiguos profesores de Universidad, especialistas en materias geográficas y lenguas orientales, que darán conferencias durante el viaje; otros, simples hombres de acción, exploradores que vivieron en las regiones menos conocidas de la China y la India, norteamericanos enérgicos e instruidos que para descansar de sus andanzas se han alistado en esta expedición sin riesgos. Ellos servirán de guías a los pequeños grupos de viajeros que abandonando el buque se lancen a través de las naciones asiáticas.

Lo primero que se nota al ir conociendo las gentes que ocupan el Franconia es la preponderancia numérica de las mujeres sobre los hombres. Esto no es extraordinario, pues en los Estados Unidos todo lo que significa vulgarización literaria, cultivo de las artes o simple curiosidad intelectual, ve acudir inmediatamente un público compuesto en su mayor parte de elemento femenino. Además, la mujer norteamericana, intrépida y ansiosa de saber, disfruta en su vida de familia de una completa independencia

1924, La moda de la época (Jean Patou y sus modelos en Nueva York)


Años 20, en la Universidad de Chicago
Miss America, 1923

Vienen en el buque muchas esposas y muchas solteras que viajan solas. Los maridos o los padres continúan en los Estados Unidos, prisioneros de sus negocios comerciales o de sus profesiones científicas. Los compañeros de viaje son generalmente ingenieros o banqueros en ciudades del interior, sesudos varones que, después de esforzarse para conseguir una fortuna, creen llegado el momento de descansar por unos meses, dando la vuelta a la tierra.

En un crucero, 1922

Pasajeros de un crucero, años 20

Dos elegantes señoras de los años 20
. Scott, Scottie y Zelda Fitzgerald - 1924 -  En uno de sus múltiples cruceros

Greta Garbo y su mentor, el director sueco Mauritz Stiller, en la cubierta del trasatlántico Drottningholm - 1925

Cruzo mi saludo con algunos viejos de aire modesto y tímido, mediocremente vestidos. Los creo tenderos de alguna pequeña ciudad perdida en los vastísimos estados del centro de la gran República. Luego, en el curso de nuestro periplo, leyendo los periódicos que mencionan a todas las personas notables de la expedición, me entero de que estos pobres señores son presidentes de compañías eléctricas célebres en la tierra entera, de grandes ferrocarriles, de empresas metalúrgicas, en una palabra, hombres que cuentan su fortuna por millones de dólares y al traducirla en cifras necesitan emplear dos unidades y a veces tres.

1923, Sala para fumar en S.S. Leviathan
1923, La sala de lectura en  S.S. Leviathan

1923, Salón de té en S.S. Leviathan


En otro buque y con otras gentes hubiese sido imposible vivir varios meses sin rivalidades, disputas y murmuraciones agresivas. La monótona existencia en las soledades del océano acaba por despertar y excitar lo peor que llevamos en nosotros. Por eso, en las antiguas navegaciones, lo primero que hacía el maestre de la nave al darse ésta a la vela, era recoger las espadas de los viajeros. Además, las ofensas recibidas durante la navegación, así como los desafíos concertados, se consideraban sin valor alguno al saltar a tierra. En el Franconia han transcurrido semanas y meses sin que se alterase una sola vez la afectuosidad sincera, la llaneza sonriente de tantas señoras y señoritas, y de tantos hombres de negocios, ingenuos y entusiastas como niños grandes.

Junto a la piscina, en un crucero, años 20-30

En un crucero, en los años 20
A bordo de SS Normandie, años 20

Una suite en SS Leviathan ,  1923
Casi todos los pasajeros proceden de los Estados Unidos. Sólo figuran en esta expedición tres viajeras inglesas y dos de lengua española. Éstas son una distinguida dama de América del Sur y su doncella, que hace años la sigue a todas partes y es de un pueblo cerca de Burgos. Casilda -así se llama la española-ha visto mucho en Europa, y al contar sus impresiones del viejo mundo, las resume en las tres visitas que hizo al Vaticano acompañando a su señora chilena.
- Yo he conocido tres Papas -dice con orgullo.



Ahora va a conocer algo más, la redondez del planeta, y se mueve en el buque con curiosidad, con cierta desconfianza, pero sin miedo. Sólo se había embarcado en un vaporcito suizo del lago Lemán. La primera vez que ha puesto sus plantas en unas tablas movidas por el océano, ha sido simplemente para dar la vuelta entera a nuestro planeta, y continúa tal viaje sin mostrar grandes asombros.

A mí no me extraña esta serenidad, pues recuerdo el origen de los héroes del descubrimiento y la conquista de América. Muchos de ellos salieron de pueblos de Castilla y de Extremadura, donde las gentes sólo de oídas conocen la misteriosa existencia del mar.


Cocina del R.M.S. Franconia, 1923




Otro español va a bordo del Franconia, un joven cocinero, llamado Antonio, valenciano, que trabaja desde los años de la guerra en los buques de la Compañía Cunard. Me hace saber su existencia bautizando todos los días con títulos de mis novelas algunos de los platos que figuran en la extensa lista. Él mismo va por las mañanas a la imprenta del buque para que los tipógrafos ingleses no desfiguren con disparates ortográficos las palabras españolas. En el curso del viaje mi mesa atrae las miradas admirativas de los vecinos por los adornos que figuran en su centro. Este valenciano de gorro blanco es escultor por instinto, y trabaja, valiéndose de un hierro candente, los bloques de hielo que con tanta abundancia produce la máquina especial del Franconia. Esculpe cisnes que parecen de cristal de roca, fortalezas de altos torreones, grandes canastillas de artística labor, y después de llenar con frutas y flores la cavidad de sus obras de hielo, las coloca en mi mesa, siendo su frescura inapreciable regalo cuando navegamos en los trópicos o atravesamos la línea ecuatorial.




Comedor, Clase primera del R.M.S.Franconia

Durante los primeros días forman grupos los pasajeros caprichosamente, y estos grupos, una vez consolidados, entablan relaciones amistosas, como los pueblos cuando se sienten atraídos por una simpatía sentimental. Las diversiones comunes del buque -bailes, cinematógrafo y conferencias-facilitan la aproximación.

Baile en un crucero, años 20

Nadie se levanta tarde en el Franconia. Los más de sus ocupantes son aficionados a los deportes y recibieron en la escuela una educación activa y vigorosa. Al salir el sol se rejuvenece el barco todas las mañanas. Los pasajeros más madrugadores encuentran ya húmedo y reluciente el suelo de sus diversas cubiertas. El mar parece que sonríe y balbucea como un niño. El cielo y el océano tienen la pueril alegría de la aurora. Es el momento de los ejercicios gimnásticos para fomentar la agilidad corporal, de las abluciones y nataciones que mantienen la limpieza higiénica de la piel. 

1929, foto de George Hoyningene-Huene, bañadores Lelong

Schiaparelli , Moda 1929
A dicha hora el pasaje parece componerse únicamente de hombres. Si se entreabren las batas de baño sólo se ven pantalones, en los corredores y en el ascensor. Todas las mujeres llevan pijamas masculinos. 

Las más jóvenes menosprecian la inmersión en los lujosos cuartos de baño y bajan a la piscina, en lo más profundo del buque, para hacer un alarde elegante de sus habilidades natatorias.

Moda para la playa, 1925, foto: Edward Steichen

Hombres y mujeres se entregan al deporte acuático con tranquila camaradería, sin que nadie parezca acordarse de que existe en el mundo una dualidad de sexos. Las muchachas norteamericanas, grandes, esbeltas, largas de piernas, con una hermosura gimnástica, llevan por toda vestimenta un traje de baño cortísimo -lo necesario nada más para cubrir la parte media de su cuerpo-y una especie de tirantes que se unen sobre sus hombros. Sólo piensan en suprimir estorbos para moverse con más soltura. No se les ocurre que esta ligereza de ropas pueda excitar la atención de los varones que nadan en la misma piscina; y si lo piensan, se lo callan.


Moda de bañadores, años 20



A los hombres, aparentemente, no parece interesarles de manera extraordinaria unas desnudeces a cuya vista están acostumbrados. Me acuerdo de la avidez óptica que altera con frecuencia la tranquilidad varonil en los pueblos llamados latinos. Basta que una pierna femenina muestre algunos centímetros más de lo legislado por la moda, para que los pescuezos de muchos hombres se estiren, ansiando ver tan extraordinario espectáculo de más cerca, y para que sus ojos se revuelvan en las órbitas, inquietos y saltones.

Las Frinés nadadoras se despojan aquí tranquilamente de su manto blanco, quedando sin otro tapujo que la mancha azulo negra de punto de seda que cubre la sección abdominal de su desnudez; y sin embargo, el respetable areópago masculino sentado en las orillas marmóreas de la piscina no se altera ni concentra sus miradas en la seductora aparición. El interés es únicamente para la que nada mejor, y un estrépito de alegres chapuzones, llamamientos y risas sube desde el fondo del buque a las últimas cubiertas.




Piscina. años 20


Al salir de Nueva York cruzamos un mar poblado de buques. Muchos de ellos son «petroleros» y llevan su chimenea, su máquina y sus camarotes en la popa, para dejar libre todo el resto del casco a los grandes aljibes llenos del peligroso líquido que transportan. Un día después, el mar está menos frecuentado. Ha ido esparciéndose en el infinito la aglomeración naval que se forma cerca de Nueva York. El agua es más azul; el sol más radiante. Se ve que vamos hacia el trópico.

Saliendo de Nueva York, años 30

Puesta de Sol en Seybaplaya, México

Al llegar el ocaso, hora de las visiones caprichosas y mágicas, el sol, que se mantiene muy alto, lejos de la línea del mar, parece una naranja gigantesca inmovilizada en el vacío, contra todas las leyes de la gravitación. Su color pasa del oro amarillo al oro ensangrentado. Se ensombrece por abajo, va palideciendo, sin descender para ocultarse, como otras veces, detrás del mar. Se debilita poco a poco y acaba por extinguirse, siempre inmóvil en lo alto. Es una nubecilla redonda y roja… Luego, nada. Estando en la capital de México presencié muchas veces esta puesta de sol fenomenal, en la que el astro se extingue en pleno cielo, sin descender a la línea del horizonte, sin ocultarse detrás del mar o las montañas.


Cambia el tiempo; el mar empieza a agitarse durante la noche, y al día siguiente el horizonte es gris y las olas oscuras. Se nota la proximidad del canal de Bahama. El Atlántico se inquieta y se encrespa al sentirse oprimido entre la costa de los Estados Unidos y la cadena de las islas bahámicas, tierras avanzadas de las Antillas.


Nave durante una tormenta en el mar (Fotoplatforma)





Sopla un viento fuerte que levanta polvo líquido de las crestas de las olas. Todas ellas, al avanzar hacia el buque en líneas interminables, llevan sobre su filo un penacho de humo blanquísimo que el viento estira hacia atrás. La luz intermitente del sol, surgiendo de pronto entre las nubes, atraviesa este polvo acuático y lo descompone, matizando su blancura con los colores del iris.Cuando languidece la tarde, el Franconia, a pesar de su triple quilla y todas las precauciones de sus constructores para defenderle de los embates del mar, se mueve de un modo extraordinario.
Otra vez se ha cubierto el cielo de oscuros nubarrones, pero el sol antes de huir los perfora, lanzando a través de ellos un chorro de oro color de limón, que corta la atmósfera como la manga de luz de un aparato cinematográfico. Luego, rompiendo con su peso la bolsa de nubes que le aprisiona, cae en la línea del horizonte, y al tocarla se estira lo mismo que si el océano lo sometiese a una enorme succión. Ya no es redondo, se prolonga por abajo y parece un aerostato de seda escarlata. Repentinamente se apaga, y la noche cae sobre nosotros de un modo fulminante, como si estallase cubriendo el mundo con una explosión de sombras.


Tormenta-foto Mark Royo

Todos los pasajeros están acostumbrados a los viajes por mar, y la agitación del canal de Bahama no perturba la vida ordinaria del buque. Lo mismo que en las noches anteriores, la popa está cubierta con una tienda de lienzo rayado y grupos de banderas para que la gente baile. Las más de las parejas han danzado mucho en las travesías de América a Europa, más rudas y tempestuosas.


Maratón  de danza, Playa Venice, California, c.1924
Los profesores contratados por la American Express dan sus conferencias en el gran salón, con proyecciones cinematográficas, describiendo la vida y costumbres de los primeros puertos que vamos a visitar: La Habana y Panamá. Grupos de esbeltas muchachas, abandonando momentáneamente el baile, se divierten en marchar por las cubiertas superiores, contra el furioso viento que arremolina sus vestidos, dándoles una remota semejanza con la descabezada Victoria de Samotracia. De vez en cuando una ola más impetuosa choca con el muro férreo del buque por su parte de proa, lo escala, asoma sobre la barandilla una cabellera de espumas fosforescente en la noche y esparce al sacudirla rociadas de sal líquida. Las jóvenes chillan, ríen y saltan sobre los regueros que esta aspersión del océano hace correr sobre el suelo.

Elegancia en un crucero, años 20

A la mañana siguiente, el mar tiene en su color y en su ambiente algo que puede llamarse paradisíaco. Marcha el buque a gran velocidad, alcanzando y dejando atrás a otros vapores menos rápidos, y sin embargo parece inmóvil.
Una costa se extiende paralelamente al Franconia. Vemos una línea amarilla de arena y detrás otra línea verde oscura, formada de bosques. Los pueblecitos son blancos y con un campanario, como los de Andalucía.
Navegamos ante la Florida, antigua tierra española. Aquí está la ciudad de San Agustín, la más antigua de los Estados Unidos, fundada por el conquistador Menéndez de Avilés. Aquí vino mucho antes Ponce de León, desde su gobierno de Puerto Rico, en busca de la «Fuente de la Juventud» -eterna esperanza de los hombres-, para que diese nueva savia a su cuerpo, quebrantado por enfermedades y heridas. Aquí trabajaron, lucharon y murieron centenares y centenares de españoles, por implantar la civilización cristiana, un siglo antes de que los primeros ingleses desembarcasen en lo que son hoy los Estados Unidos.

Hotel Ponce de Leon, San Agustín, Florida
Voy descubriendo edificios altísimos que a tal distancia me parecen fábricas. Al examinarlos con unos anteojos potentes me convenzo de que son hoteles con jardines de palmeras y cocoteros: los famosísimos hoteles de la Florida, los más caros y elegantes de la tierra, que albergan durante el invierno a los archimillonarios de Nueva York y Chicago.
El mar toma el tono verde de las aguas poco profundas. Según avanzamos, se va poblando de isletas redondas como escudos y ribeteadas de cocoteros. Son los cayos.

El faro en el océano, de Cayo Hueso
Playa de Florida, años 20
Sobre algunas tierras a flor de agua, que no pueden verse de lejos, se alzan andamiajes, semejantes por su estructura a la Torre Eiffel, aunque de más modestas proporciones y con las cúspides ocupadas por faros.
Algo revolotea de pronto ante mis ojos: una mariposa de colores, roja, negra y dorada. Ha volado hasta el buque desde la hermosa tierra que desarrolla ante nosotros su lomo sinuoso y verde, con altos ramilletes de árboles.
Un perfume primaveral se desliza a través de la respiración salada del Atlántico. Es el aliento que nos envía, junto con sus pintados insectos, una costa que por algo recibió su florido nombre.
Nos sorprende la noche ocupados en la contemplación de esta península avanzada de los Estados Unidos. Al amanecer el día siguiente, nuestra curiosidad inquieta de viajeros y la lentitud con que avanza el buque, después de tres días y medio de marcha veloz, nos empujan a todos a las últimas cubiertas.


1925, Habana, Cuba
Vemos una costa, pero ahora es por la proa; y en ella casas, jardines, edificios industriales, las avanzadas de una ciudad importante~ Graciosos veleros, dedicados al cabotaje, se deslizan entre nosotros y la orilla, cortando con sus lonas blancas la penumbra azulada del amanecer.
Al aumentar la luz vamos encontrando con los ojos la boca de un puerto, arboladuras de buques sobre sus aguas interiores, una colina junto a su entrada, y en la cumbre de ella un viejo castillo.
El sol que acaba de nacer asoma su disco de oro tierno por detrás de una torre, que lo corta, durante algunos segundos, como una barra de tinta.

Este castillo se llama El Morro, y el puerto que tenemos enfrente es La Habana.


1922, Castillo del Morro, Cuba


Texto: 
LA VUELTA AL MUNDO DE UN NOVELISTA (Vol. I) - Vicente Blasco Ibáñez,
Editado por EDITORIAL PROMETEO en 1924/1925.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...